después de una noche en blanco,
como una ola rompiendo
contra el arrecife cubierto de conchas,
esperas mi mano,
tendida para alcanzar la playa,
esa espuma que salpica los botes,
moja de salitre las redes antiguas.
Como un arco iris después de la tormenta,
gotas cristalinas precipitándose
por la piel ajada,
surcando las comisuras de unos labios,
estrellándose contra la arena,
desapareciendo entre las rocas,
entre los pequeños remolinos,
llegando a ese Mar.
Mar de tempestades.
Mar de sonrisas y de lágrimas,
De ciento y un estremecimientos
De esperanzas;
Mar de ondas balaceándose en el ocaso.......
Y entonces…
Las horas dejan de carecer de importancia,
frente a un mar en calma,
una mañana de Otoño soleado.
La mente se descongestiona poco a poco,
el mundo a ratitos desaparece alrededor.
El cuerpo parece se
perdiera,
en cada minúsculo
grano de arena,
si cierras los ojos,
hasta el sol dejara
de parecer el sol,
para convertirse en
una bombilla gigante.
Es extraordinaria la
bondad del mar.
Cada ola,
lleva en su regazo,
el recuerdo de miles
de almas,
sepultadas en sus
orillas,
con una fuerza
aterradora,
pero con una calma
indescriptible.
Y a lo lejos en el
horizonte,
donde se une con el
cielo,
una delgada línea
las eleva al cielo
con destellos
multicolores
en forma de
tormentas eléctricas.
Aún así la calma
continúa,
y el Otoño, y la
arena y esta playa semidesierta.
Y a pesar de todo,
no puedo evitar
sentir ausencias.
Esas ausencias que ya no duelen,
pero se extrañan.
Esas sombras vagabundas
que,
desaparecieron al
terminar el verano.
Porque detrás de las
palabras,
sólo te tengo a ti,
tómame el corazón y endurécelo,
sin que pierda
sensibilidad y
¿los sueños?,
los sueños se
componen
del mismo material del que nacen las alas.