martes, 28 de febrero de 2012

Y ENTONCES…




 Como un soplo de aire fresco al amanecer

después de una noche en blanco,

como una ola rompiendo

contra el arrecife cubierto de conchas,

esperas mi mano,

tendida para alcanzar la  playa,

esa espuma que salpica los botes,

moja de salitre las redes antiguas.

Como un arco iris después de la tormenta,

gotas cristalinas precipitándose

por la piel ajada,

surcando las comisuras de unos labios,

estrellándose contra la arena,

desapareciendo entre las rocas,

entre los pequeños remolinos,

llegando a ese Mar.

Mar de tempestades.

Mar de sonrisas y de lágrimas,

De ciento y un estremecimientos

De esperanzas;

Mar de ondas balaceándose en el ocaso.......

Y entonces…

Las horas dejan de carecer de importancia,

frente a un mar en calma,

una mañana de Otoño soleado.

La mente se descongestiona poco a poco,

el mundo a ratitos desaparece alrededor.

El cuerpo parece se perdiera,

en cada minúsculo grano de arena,

si cierras los ojos,

hasta el sol dejara de parecer el sol,

para convertirse en una bombilla gigante.

Es extraordinaria la bondad del mar.

Cada ola,

lleva en su regazo,

el recuerdo de miles de almas,

sepultadas en sus orillas,

con una fuerza aterradora,

pero con una calma indescriptible.

Y a lo lejos en el horizonte,

donde se une con el cielo,

una delgada línea las eleva al cielo

con destellos multicolores

en forma de tormentas eléctricas.

Aún así la calma continúa,

y el Otoño, y la arena y esta playa semidesierta.

Y a pesar de todo,

no puedo evitar sentir ausencias.
Esas ausencias que ya no duelen,

pero  se extrañan.

Esas sombras vagabundas que,

desaparecieron al terminar el verano.



Porque detrás de las palabras,

sólo te tengo a ti,

tómame el corazón y endurécelo,

sin que pierda sensibilidad y

¿los sueños?,

 los sueños se componen

del mismo material del que nacen las alas.


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