Miseria, cabezón, traspuesta la
referencia de su escrito bajo la influencia de unos microbios insurrectos que
pululaban por la nariz de mi cerebro electrónico, me fijé que después del
mediodía las puertas de las almas de ciertas personas se mantenían abiertas
hasta que un letárgico sopor las mecía en los brazos de Morféo.
Yo
pertenecía a ese selecto grupo, hasta que descubrí a Wally en medio de todo
aquel carrusel de razas, colores, idiomas e idiosincrasias. Cuando por primera
vez le vi, mi corazón saltó hasta mi garganta, me hice minúscula ante la
superioridad de su sonrisa y una dicha inundó hasta el último
de mis poros.
Sus
citas se convirtieron en lo único que hacia más liviana la existencia. El clima de complicidad que se creo entre los
dos, hizo que la invención de juegos, palabras y situaciones se convirtieran en
algo habitual y tan sencillo como el parpadeo. El ansia por encontrarle
rápidamente, se tradujo en una verdadera obsesión. La monotonía parecía haber
desaparecido.
Después de conocerle los
conflictos con mi opuesto se fueron suavizando. Primero las incisivas palabras
de reproche se fueron tornando amargas definiciones de olvido, con el
tiempo los silencios se hicieron más pesados
hasta aplastar las aletas del caparazón de mi cabeza, y ya estaba casi
acostumbrada a respirar a través de la piel, ese aire viciado y enrojecido
que nos llegaba desde el exterior del
cubículo en el que nos habíamos instalado.
Una mañana cuando los ciervos saltarines estaban en su más flagrante
pugna por un trozo de botella de PVC, me encontré con Wally, iba cabizbajo, una
tristeza inusual en él envolvía su
espacio.
Sus ojos de un lila intenso aparecían esa mañana de un azul pálido,
casi transparente. Su preocupación se podía ver reflejada incluso en los
pliegues de sus manos, en otro momento tersas y vigorosas, hoy opacas y
taciturnas. Algo muy grave tenía que estarle pasando. Parecía adivinar el
resultado de la lucha librada en mi interior, entre la duda oscura de
convertirme en un elemento traslúcido y metálico o por el contrario zozobrar en
los vaivenes de mi propia imaginación.
Mi primera intención fue
acercarme a él, cogerlo entre mis plumas y acunarle como si de mi primer hijo
se tratara, luego me di cuenta de que ya no tenía sentido, nada tenía ya
sentido. Mis mejores plumas estaban ajadas, la sonrisa demacrada por las rayos
de Saturno era imperceptible y las intenciones que podían ser buenas se
quedaron en intenciones.
Lo demás transcurrió a lo largo de lo que aquí llaman mañana, es
decir unos trescientos tegratones. Cuando me quise dar cuenta tenía a Wally
tras mi encorvada espalda, sin mediar palabra me asesto un golpe en la
escafandra y solo pude escuchar su
susurro, entre silbido y siseo que decía:
-
vuelve a casa
, vuelve a casa. Te estoy esperando desde hace dos eternidades. Te espero, los
despertadores acústicos no funcionan, el
acuario ya no responde al mando a distancia, los peces nadan como muertos, mi
tiempo se está agotando.
Del resto no recuerdo más, cuando desperté, Wally estaba
tendido a mi lado, sonriendo con sus ojos de amarillo luz, me miraba y parecía feliz, pregunté que hora era y me
dijo
-
Pronto. Tranquila, todo está
bien.
Aunque quisiera no podría
recordar nada de lo que
pasó durante aquella larga semana que pasé con él, sé que fui feliz, que
fui tan feliz que no creo que pueda serlo más. Se que no fue un sueño por las
escamas que aparecieron en mi cuerpo después de estar con él.
Hoy solo veo desde la ventana
de este cuarto como se mueven las hojas de los árboles, esos árboles
centenarios y grises que me dicen que el final está cercano, de vez en cuando
una mujer con formas andróginas se me acerca
y pone en mis venas la única
tranquilidad que me acoge desde que según ella me encontraron en el parque
rodeada de hierba, con la mirada perdida y cantando una canción que no tenía
sentido.
En el
parque un hombre con ojos verde
esmerilado saca un bocadillo de su bolsillo izquierdo, ni tan siquiera lee en
el periódico que lo envuelve la noticia de la desaparición de una mujer, no le
importa, tiene que seguir buscando. Quiere seguir viviendo. Tiene que
deshacerse de todas sus escamas para poder respirar, y estas crecen cada vez
más aprisa. Tiene que encontrarla.