LOS DÍAS TONTOS
Hay días en los que una se levanta con el ánimo como
transparente, esperando que se coloree a medida que las horas avanzan y así
poder teñir el humor según se presenten
las circunstancias, es decir…días tontos.
Esos días son los que no quisieras levantarte, remoloneas
dando vueltas, percibes que algo te empuja hacia el centro mismo de la cama, te
atrae la desidia, y los ojos se niegan
siquiera a dejar entrar una línea de luz que perturbe esa infinita sensación de
parálisis cerebral, acompañando al resto de tu cuerpo.
Lo que sigue es aún peor…con un café encima de la mesa, una
larga hora con la mirada fija en una pared, sin mover un músculo de la cara, y
con el solo ejercicio del codo que lleve hasta los labios el amargo néctar de
los dioses, las rodillas acuclilladas en la eterna banqueta de ¿pensar?,
dejando que pase el tiempo y de fondo las voces de una radio que ni escuchas ni
maldita la falta que hace. Pero de pronto…
De pronto de entre ese letargo hay algo que te sobrecoge y
excita los sentidos, algo que hace que tus ojos se redondeen como
sartenes y tu cuerpo se incorpore, tus oídos de tomen vida propia y por un segundo, el cerebro
corra a mil años luz para posarse en un rostro, casi olvidado en algún rincón
de tu cabeza hace mucho tiempo.
Y pones atención por un momento…que es un instante, solo
un segundo, y la ves, bailando esa
canción que suena ahora mismo, la ves,
joven, sonriendo, Y de pronto la
vida se paraliza de nuevo para volver a escuchar y sentir los acordes de una
melodía que repite su nombre en mis
labios como una oración, quedamente, casi imperceptible. Dicen que somos, muchas veces parte de la música
que escuchamos. Nuestros recuerdos, están asociados a ella. Debe de ser
cierto, porque en ese leve instante, todo mi ser respiraba su esencia y el hoy
carecía de sentido. Durante apenas cuatro minutos, me trasladé a su mirada
pícara, a su voz tranquila, a sus andares elegantes…la ví pasearse por mi
cocina sonriéndome, ladeando el rostro, quitándose el cabello de la frente.
La
escuché tararear aquella canción, tantas veces repetida, mientras se alejaba por
el balcón abierto a la mañana, y en la radio comenzaba una nueva melodía.
Hay días tontos que no sabes cómo comenzarlos. Sólo esperas
a que las horas pasen y las circunstancias se encarguen de colorear tu ánimo.
Una canción, puede teñir el día con una lágrima o una sonrisa…o ambas, esa
canción sirvió para que ella por fin viniera a despedirse, y una de las páginas de mi libro se cerraran.
P:D: a Raquel, in Memorian
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