Los relojes se niegan a avanzar y su tic-tac monódico, aburrido, se convierte en bellas sinfonías, donde los instrumentos de cuerda dan paso sin tregua a los de viento y la percusión apenas audible de fondo, a ese solo de flauta dulce, mientras acompañan al violín lastimero.
Partituras repletas de juguetonas semicorcheas, de besos saltarines, negras y blancas de abrazos y ningún silencio que les rodee. El metrónomo sigue su ritmo de caricias al compás de esta orquesta sin tiempos establecidos y allegros ma non tropo de miradas y lisonjas.
El día y la noche se suceden en larga espera. La música continúa.
Un último golpe de batuta roza el atril, y la pieza toma otro ritmo. La sinfonía va muriendo lentamente, entre leves susurros de redondas y miradas a la nada.
A lo lejos el grito lastimero de la bestia del desamparo, anuncia el final de la pieza y de su tiempo.
Poco a poco las agujas se recomponen y extienden cansinas en circular andadura por la esfera. Es hora de ensueño. Nada comienza de nuevo, nada sin ti. Te volverás audible tan solo en el recuerdo y alcanzaré a ver como te introduces de nuevo tras esas fauces, en silencio con la música aun en mis oídos para desaparecer lentamente.
Una música cada vez nueva suena ya, cada vez una inventada, ni rastro de tu melodía...
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