La historia en
sí, no tenía mucho sentido. Al principio, la verdad era un tanto absurda,
incluso poco creíble, añadiría. Pero al final se decantó por una de las historias
más fascinantes que podía
imaginar. Veamos.
Una preciosa
gominola redonda, recubierta de azúcar glaseé, concursaba en un programa de
televisión. El presentador, un regaliz negro y espigado con el cuerpo
retorcido, sonreía continuamente y miraba hacia todos los lados a la vez con ojos saltones y sin pestañas. La
propuesta era sencilla: se trataba de un concurso de acertijos. La gominola, un
lacasito y un conguito se jugaban cada vez, un grano de café de Brasil al acertijo
más original y acertado. Ganaba el que más granos de café de Brasil obrara en
su poder al terminar el tiempo.
El premio era
un precioso telescopio de cien aumentos estilizado y brillante, que aguardaba
ansioso en su caja apenas sin moverse y un viaje a una isla, a la que solo
tendrían que llevar el traje de baño. El resto, todo pagado.
Verles competir
era una delicia, la gominola soltando partículas de azúcar por los nervios, el
lacasito perdiendo parte de su color azul, el conguito chorreando gotas de
chocolate bajo los focos. ¡Qué imaginación!,¡Qué vocabulario!. La competición
realmente estaba muy reñida.
Ganó, por poco
muy poco, la gominola con una adivinanza un tanto original a la vez que
sencilla, pero los nervios y el cansancio ya habían hecho mella en el interior
de sus adversarios: “Blanca por dentro, verde por fuera, si lo quieres saber,
espera”, dijo.
Sus
contrincantes comenzaron a deshacerse en los asientos plasticosos, formando una
capa viscosa con el polipiel verde oscuro. Antes de caer al suelo el lacasito
dijo: “El plátano” y el conguito:” el huevo, eso si, un huevo podrido”,
explicó. El plató era un hervidero de chucherías en pie aplaudiendo a la
ganadora que con lágrimas en los poros azucarados recogía su premio nerviosa y
emocionada.
Al día
siguiente la gominola y su flamante telescopio, embarcaban en un precioso barco
de cristal, rumbo a la isla Estratosfera.
El viaje fue
ameno. Estuvo lleno de sorpresas agradables. Asistieron incluso a una boda que
celebró el capitán en cubierta: una elegante barrita de fresa y yogur con
esmoquin, uniendo a una pequeña bola de chicle, preñada de mora con un gusanito
presuntuoso, repeinado y carente de interés por el matrimonio.
La boda acabó
rociada de preciosas palomitas revoloteando por cubierta, cagando a todos los
presentes como prueba de buena fortuna futura.
Ya se acercaban
a su destino después de una semana cósmica de travesía y un haz de luz les daba
la bienvenida; el grumete haciendo alarde de aptitud por la cual había sido
contratado, hacía sonar la sirena a ritmo de
samba y el capitán tan eficiente como experto, colocó el barco sin mayores problemas en
el dique nº15.
La gominola,
todo su cuerpo, pura elucubración y manojo de nervios. Sonaban canciones de
Janis Joplin a través de los altavoces oxidados y el cielo tomaba ese matiz
nebuloso de las fotografías con filtro. Todo se precipitó en su mente de
gelatina. Se había obrado un milagro; por fin podía desprenderse de su
envoltorio y tirar a la papelera sus
temores, desnudar su alma, mirar directamente
a las lentes de su telescopio de cien aumentos y decirle valiente y
abiertamente cuanto le amaba.
Desperté. Fijé
unos minutos la vista sobre el techo rosa salmón, tratando de descifrar el
sueño tan raro que me había ocupado gran parte de la noche, intentando quizás
descifrar el mensaje si lo había; era tan absurdo...
Me di cuenta de
que mi mente se negaba a que fuera un simple cuento con final feliz, más bien
me inclinaba a pensar que la dulce gominola mandaba mensajes subliminales a mi
cerebro e intentaba aleccionarme sobre mis amores siempre fracasados por
¿mirarles en cien aumentos...?
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