Desde mi ático, sólo podía distinguir cientos de setas multicolores en movimiento continuo, formando delgadas filas uniformes y acompasadas. No puedo calcular el tiempo exacto que estuve contemplando el panorama, ni en qué momento decidí sumarme a la serpiente.
Me
incorporé, cansinamente, dejándome arrastrar, sin darme cuenta. Tampoco sé el tiempo que anduve calle
arriba, calle abajo, inundándome de neones cegadores llamando mi atención
inútilmente. Mis pies, en un momento dado, se clavaron en la acera, frente a
ese escaparate.
Sólo
era un enorme cristal rectangular, sin neones, ni anuncios, nada. Un cuadro,
solamente.
Una
fuerza desconocida me obligaba a contemplarlo, como un potente imán, no
pudiendo despegar mis ojos de aquel lienzo.
A
mi alrededor, reptaba impasible la enorme pitón, engullendo a cada paso más y
más gente.
Una
extraña sensación recorría mi cuerpo, observando a esa mujer de espaldas; el
fondo eran blanco-azules, con trazos nerviosos y gruesos, como si el pintor
hubiera tenido prisa por terminarlo.
Pero
lo que llamaba la atención sobre todo, la protagonista absoluta, era aquella
mujer, en un primer plano a la izquierda; el resto del paisaje era una mezcla
de arena y espuma.
Su
cabeza, tapada por completo por una enorme sombrilla. Yo la adivinaba, mirada
lánguida y perdida en la inmensidad acuática, tez pálida, como aquella tela
gris azulada. Sus ojos seguro, negros, como el día en que yo la contemplaba;
ella, retirándose el pelo de la cara una y otra vez, repetida y suavemente, la
brisa devolviéndolo de nuevo a su rostro triste.
Era
tal el grado de abstracción en que me encontraba sumida, que no sé en qué
momento su cara se volvió hacia mí y su mirada se clavó en la mía, pausada y
dolorosamente.
Al
principio reconozco que me asusté. Luego pasé directamente a la sorpresa y, por
fin, a la curiosidad. En verdad, tenía los ojos más tristes que yo recuerde
haber visto nunca. Sus labios perfilaban una media sonrisa resignada, pero tan
auténtica que realmente sentí, como me inundaba una enorme ternura hacia esa
desconocida.
Fui midiéndola de abajo a arriba, lentamente, sin
querer perder el más mínimo detalle, parándome con deleite en todo su ser:
primero sus pies, descalzos imaginaba yo, tapados por el vestido largo y
vaporoso. Unos pies pequeños, hundidos en la arena húmeda. Su cuerpo indescriptible,
bajo esas gruesas pinceladas. Los brazos, dos trazos casi simétricos: el
izquierdo sujetando la sombrilla y la cabeza inclinada sobre su hombro.
A
mi alrededor, la fina lluvia se había transformado en aguacero impertinente,
salpicando con gruesas gotas el escaparate, que yo me empecinaba en limpiar una
y otra vez, intentando evitar que el mar, engullera incluso la tienda.
Era
consciente que la gente comenzaba a
observarme con desconfianza, pero yo, ya no podía hacer nada por librarme del
hechizo al que era sometida.
Poco
a poco fui consciente de la realidad y lo vi claro: la mujer volteó su cara por
debajo de la sombrilla y me miró con descaro.
Su
rostro, era mi propio rostro. Sentí la suave brisa de aquel mar verdoso en mi
cara, la arena húmeda entre mis dedos descalzos. La vista se me perdió en la
raya del horizonte blanco-azulado donde se unían cielo-mar, y el estupor dio
paso a una calma hiriente.
Un
silencio seco, roto sólo por el crujir de las varillas de una sombrilla que mis
propias manos sujetaban, cubriéndome la cara de un sol inexistente.
Fui
consciente, también, de la tristeza de mis ojos atentos a ese mar extraño y
caprichoso que me llamaba, seduciéndome.
Llovía
copiosamente, era tarde espesa y gris, delante de una galería de arte, ante un
cuadro de trazos gruesos, en el cual, un mar blanqui-azul, espumoso, ocupaba
casi la totalidad de la tela.
Sólo
unas ropas en la izquierda, descansaban sobre la arena, como olvidadas, y una
sombrilla abierta sobre ellas, a merced del viento.
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