viernes, 14 de octubre de 2011

EL CUADRO


                                                






La tarde prometía ser larga. Tras los cristales, una espesa película húmeda envolvía la ciudad.
Desde mi ático, sólo podía distinguir cientos de setas multicolores en movimiento continuo, formando delgadas filas uniformes y acompasadas. No puedo calcular el tiempo exacto que estuve contemplando el panorama, ni en qué momento decidí sumarme a la serpiente.



Me incorporé, cansinamente, dejándome arrastrar, sin darme  cuenta. Tampoco sé el tiempo que anduve calle arriba, calle abajo, inundándome de neones cegadores llamando mi atención inútilmente. Mis pies, en un momento dado, se clavaron en la acera, frente a ese escaparate.

Sólo era un enorme cristal rectangular, sin neones, ni anuncios, nada. Un cuadro, solamente.



Una fuerza desconocida me obligaba a contemplarlo, como un potente imán, no pudiendo despegar mis ojos de aquel lienzo.

A mi alrededor, reptaba impasible la enorme pitón, engullendo a cada paso más y más gente.

Una extraña sensación recorría mi cuerpo, observando a esa mujer de espaldas; el fondo eran blanco-azules, con trazos nerviosos y gruesos, como si el pintor hubiera tenido prisa por terminarlo.



Pero lo que llamaba la atención sobre todo, la protagonista absoluta, era aquella mujer, en un primer plano a la izquierda; el resto del paisaje era una mezcla de arena y espuma.

Su cabeza, tapada por completo por una enorme sombrilla. Yo la adivinaba, mirada lánguida y perdida en la inmensidad acuática, tez pálida, como aquella tela gris azulada. Sus ojos seguro, negros, como el día en que yo la contemplaba; ella, retirándose el pelo de la cara una y otra vez, repetida y suavemente, la brisa devolviéndolo de nuevo a su rostro triste.

Era tal el grado de abstracción en que me encontraba sumida, que no sé en qué momento su cara se volvió hacia mí y su mirada se clavó en la mía, pausada y dolorosamente.



Al principio reconozco que me asusté. Luego pasé directamente a la sorpresa y, por fin, a la curiosidad. En verdad, tenía los ojos más tristes que yo recuerde haber visto nunca. Sus labios perfilaban una media sonrisa resignada, pero tan auténtica que realmente sentí, como me inundaba una enorme ternura hacia esa desconocida.

Fui  midiéndola de abajo a arriba, lentamente, sin querer perder el más mínimo detalle, parándome con deleite en todo su ser: primero sus pies, descalzos imaginaba yo, tapados por el vestido largo y vaporoso. Unos pies pequeños, hundidos en la arena húmeda. Su cuerpo indescriptible, bajo esas gruesas pinceladas. Los brazos, dos trazos casi simétricos: el izquierdo sujetando la sombrilla y la cabeza inclinada sobre su hombro.



A mi alrededor, la fina lluvia se había transformado en aguacero impertinente, salpicando con gruesas gotas el escaparate, que yo me empecinaba en limpiar una y otra vez, intentando evitar que el mar, engullera incluso la tienda.

Era consciente que la gente  comenzaba a observarme con desconfianza, pero yo, ya no podía hacer nada por librarme del hechizo al que era sometida.

Poco a poco fui consciente de la realidad y lo vi claro: la mujer volteó su cara por debajo de la sombrilla y me miró con descaro.



Su rostro, era mi propio rostro. Sentí la suave brisa de aquel mar verdoso en mi cara, la arena húmeda entre mis dedos descalzos. La vista se me perdió en la raya del horizonte blanco-azulado donde se unían cielo-mar, y el estupor dio paso a una calma hiriente.

Un silencio seco, roto sólo por el crujir de las varillas de una sombrilla que mis propias manos sujetaban, cubriéndome la cara de un sol inexistente.

Fui consciente, también, de la tristeza de mis ojos atentos a ese mar extraño y caprichoso que me llamaba, seduciéndome.



Llovía copiosamente, era tarde espesa y gris, delante de una galería de arte, ante un cuadro de trazos gruesos, en el cual, un mar blanqui-azul, espumoso, ocupaba casi la totalidad de la tela.

Sólo unas ropas en la izquierda, descansaban sobre la arena, como olvidadas, y una sombrilla abierta sobre ellas, a merced del viento.




























































































































No hay comentarios:

Publicar un comentario