Recorro el malecón solitario, mientras el viento acaricia mi
rostro suavemente. Camino despacio, las manos en los bolsillos y la mirada
perdida. De vez en cuando me paro en esta oscuridad que me envuelve, en estas
sombras que me atrapan, queriendo abarcar la inmensidad del infinito.
Ese horizonte que se pierde a lo lejos, ese mar en calma
que se une con la noche, que se alía con
mis más profundos pensamientos.
A lo lejos, las voces de la noche de una ciudad que bulle y
se agita me recuerdan aún más esta soledad no deseada, hiriente. La rabia se
apodera de mis piernas y de un salto mis
pies se hunden en una manta húmeda de arena blanda por la que a duras penas
avanzan hasta la orilla. Y allí, dejo caer pesada, cansinamente mi cuerpo justo
donde rompen las olas, justo donde el agua arremolina la arena y se me antoja
la figura de un pezón. Sigo su movimiento circular divertida, viendo como
redondea la tierra formando un vértice perfecto y puntiagudo, sugerente.
Durante unos minutos, mi mente se extravía en mundos
incitantes a la lujuria, miro hacia el cielo iluminado tenuemente por una tímida luna menguante y me
tumbo sobre la playa mientras mis ojos poco a poco se acostumbran por fin a la
oscuridad.
El viento mece mi pelo, mis ropas y empuja las nubes
formando caprichosas formas aún más extrañas en la penumbra. Es entonces cuando
mis ojos se entornan y mi imaginación se desborda acuciada por tu ausencia.
Alargo los brazos queriendo tocar, no sé, tus hombros,
si...de pronto no se distinguir entre ilusión y realidad y acaricio tus suaves
omóplatos de terciopelo. Los acaricio con devoción, como quien adora un dios.
Paseo mis dedos por ellos dulcemente, recorro tu cuello hasta llegar a tu boca.
Mis ojos en ese momento se pierden en
los tuyos y mis labios, amor mío, liban la miel de los tuyos.
A mi alrededor, soy consciente, el mundo ha desaparecido;
solo yo y el mar, solo yo y el cielo, solo yo irreal y yo enloqueciendo.
Mis manos se enredan en tu pelo, como en un bosque salvaje,
enmarañado, cubierto de maleza impenetrable, árboles ascendiendo hacia el cielo
buscando el sol y madreselvas trepando por sus troncos viejos. Mis
manos....atrayéndote hacia mí con la urgencia de un beso profundo, húmedo,
nervioso como el volar de un vencejo en el verano esperando el ocaso.
Mientras las gotas del rocío mojan mi cara, siento como la
soledad araña mi alma, como tu ausencia aviva en mi deseo el recuerdo de tu
cuerpo, toman forma de repente entre mis brazos todos mis anhelos de tenerte y
me adentro sin querer en el dulce nido de tu sexo.
Descendiendo por tu pubis, me entretengo y descubro la dulce
guarida con la seguridad de que me esperas, siempre dispuesta para mi amor.
Déjame que te arrope con mis labios, beberé hasta el último de tus suspiros.
Empieza a amanecer. El cielo se ha teñido de sangre y sigo tumbada sobre la arena húmeda
contemplando mi soledad, mirando el mar que se acerca y se aleja como tu
recuerdo, como tu amor de va y viene. Un día más se aproxima. Un día más sin
ti.
me llevo contigo al lugar donde te encontrabas
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