El mar eructaba violentamente formando capullos con las olas, rosas
rompiéndose al poco, sobre el casco del buque. En la quilla, la figura de una
sirena estremecida, abrazaba cada ola, evitando que salpicaran las armas del navío
pirata. En su vientre, las almas pendencieras, brindaban exultantes, ansiosos
de una nueva conquista, tan pronto el temporal arreciara. El grumete, en popa,
aprovechaba el vómito marino para abrillantar la catapulta nueva, arrebatada a
un bergante inglés la tarde pasada. A lo lejos, se divisaba ya tierra, la alta
torre del campanario en silueta, entre la fina lluvia y el dulce atardecer, le
daban la bienvenida; fijando aún más la vista, casi podía observar el corral
lleno de gallinas escandalosas y suculentas, la taberna repleta de seudo sapos
borrachos, macilentos y babosos y exuberantes bailarinas color ébano. Tralcira, la mujer de sus sueños
añorada largo tiempo, seguro, esperándole al fondo del local ruidoso y oscuro,
escuchando su canción, cantada entre suspiros. Entrecerró los ojos mientras las
olas seguían salpicando su rostro. El leve rumor de la cocina, a trajín de
cacerolas, cuchillos cortando viandas y batir de huevos le despertó de su
ensimismamiento momentáneo. “ Hoy cenamos tortilla, rica...”, y se dejó caer
sobre cubierta, cedida ya la tormenta, con el rostro de Tralcira entre las
nubes, suavemente, hasta la hora de la cena, contemplando el cielo repleto ya
de estrellas chispeantes...
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