Paré el
motor del coche y sin soltar las manos del volante, fijé la mirada en un punto imaginario de la blanca pared de cal.
El estridente sonido del reloj, en lo alto del ayuntamiento, me sacó del trance
violento en el que quedé sumida por ¿cuánto tiempo, una hora, dos minutos?, no
importa, el reloj sonó tres veces, y yo miré a mi alrededor, como quien busca
una referencia después de un largo sueño. Fuera danzaba una suave brisa,
meciendo el alto álamo en mitad de la plaza, tal como lo recordaba; en realidad
pasando una rápida mirada, poco había cambiado en estos años: las paredes
seguían siendo blancas, las calles vacías a esta hora de la siesta tan tradicional como tediosa, los suelos
empedrados... Sí, todo parecía suspendido en el tiempo, como si los años se
hubiesen detenido en aquel lugar perdido, lejos
de toda civilización cercana. En mi cerebro escuchaba sólo, la voz de
Juana, mi amiga de la infancia, dándome la noticia la noche anterior: Ha
muerto. Sin más. Todo son imágenes relampagueantes a partir de ahí. Prisas,
nervios, la noche en blanco, sin ver el momento de ponerme en camino. Cinco
horas después estaba contemplando como hipnotizada, el álamo bailando a merced
del viento, sin atreverme a salir del coche, mi fortaleza en esos momentos.
Cogiendo aire salí
del vehículo, aferré el lacio ramos de flores comprado a última hora, y me
encaminé calle abajo hacia el angosto camino del cementerio.
Realmente el
tiempo se había detenido por completo, todo era exactamente como lo recordaba.
Me acercaba a los muros del pequeño campo santo y mi respiración se estremecía
más y más; cuando estuve frente a la gran verja cerrada, mi pecho era un volcán
en erupción. Miré a través de las rejas y lo vi. El montículo de tierra fresca
rodeada de flores algo marchitas, agitadas por la suave brisa, estaba más cerca
de mí de lo que pensaba. Apenas nos separaba una desvencijada puerta de hierro,
un candado oxidado y treinta años. Si había llegado hasta allí, debía
traspasarla sin miedo.
De pie, con los
ojos fijos en la tierra roja solté el ramo de flores en la tumba de al lado,
encima de una losa marmórea con una foto color sepia y me dejé caer
cansinamente de rodillas en el estrecho camino que las rodeaba. Incapaz de
sentir absolutamente nada, mi cuerpo era un peso muerto, cansado, roto. Saqué
un cigarrillo y lo apuré con rabia, dejando caer la ceniza sobre la tierra que
cubría aquel cuerpo físico casi olvidado, como si en cada sacudida se me fuera
un pedazo de pena, un trocito de vida. Apagué la colilla contra ella y me
incorporé, lentamente, esbozando una estúpida sonrisa sin levantar la mirada,
musitando una oración, esa que tantos años soñé decir llegado este momento: Ojalá te pudras en los
infiernos, hijo de puta. Y entonces cogiendo todo el aire que mis pulmones
fueron capaces de aguantar, grité, grité y las lágrimas brotaron sin cauce,
mientras la risa se confundía con mis lágrimas y mis lágrimas con mis
gritos y mis gritos con el viento cada
vez más violento, mi cuerpo se relajó y todo volvió a la normalidad. Me
encaminé hacia la salida aún sonriendo, con paso decidido, pensando
convencida,” ya está todo en su sitio, se ha hecho justicia”. Traspasé de nuevo
la pesada puerta dispuesta a ir a saludar
a mi amiga; miré por última vez hacia atrás y me vi. Era una niña de
apenas cinco años que desde el interior, sentada sobre el montículo de tierra
roja me despedía con su manita extendida y una triste sonrisa en los labios. La
correspondí con un amargo gesto y un cansancio indescriptible. Había algo que
no encajaba: si era lo que había estado esperando toda mi vida, ¿por qué no me
sentía feliz...?



Cuantas veces he saludado y despedido a la niña que herida me mira con ojos grandes y muy abiertos y me extiende los brazos implorando perdon y cariño... yo, todavia no estoy preparada y esquivo la mirada.. algun dia me veré de frente, ojos con ojos, manos con manos, alma con alma.. me ha encantado tu escrito.. un beso
ResponderEliminarno me gusta salga como anonimo.. mi nombre es Andrea.
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